Duerme rápido y descansa mal

El alcohol acorta el tiempo que se tarda en dormir. Por eso se le tiene por somnífero, y por eso la impresión subjetiva es buena.

Lo que ocurre después está bien descrito: en la segunda mitad de la noche el sueño se fragmenta, aumentan los despertares y se suprime el sueño REM, sobre todo en las primeras horas. El resultado es dormir las mismas horas y descansar menos.

El despertar de las cuatro

Cuando el alcohol se metaboliza hay un efecto de rebote: el sistema nervioso pasa de deprimido a más activado de lo normal. Ese es el despertar de madrugada que muchos reconocen y no atribuyen a la copa de las diez.

Y el baño

El alcohol inhibe la hormona antidiurética, así que se orina más de lo que corresponde a lo bebido. Eso interrumpe el sueño y deshidrata, lo que explica buena parte del malestar de la mañana siguiente.

La conexión con la comida

Dormir mal cambia el apetito del día siguiente hacia lo denso y lo dulce — el mecanismo está en dormir mal y comer peor. El alcohol añade lo suyo por otra vía: desinhibe y aumenta la ingesta durante la propia noche.

A eso se suma que el alcohol interfiere con la absorción y el aprovechamiento de varias vitaminas del grupo B, y con el consumo habitual eso sí llega a tener consecuencias clínicas.

Cuánto y cuándo

El efecto sobre el sueño aparece incluso con cantidades moderadas, y es mayor cuanto más cerca de acostarse. Las guías del sueño sugieren dejar al menos tres horas entre la última copa y la cama; no elimina el efecto, lo reduce.

Lo que no diremos

Que una copa de vino tinto es buena para el corazón. Esa afirmación viene de estudios de observación con problemas conocidos —quienes no beben incluyen a quienes dejaron de beber por enfermedad—, y las revisiones recientes no sostienen un umbral con beneficio neto.

Beber o no es una decisión personal. Lo que este texto puede aportar es que la parte de «me ayuda a dormir» no se sostiene.