El misterio que mataba marineros sin explicación
Durante siglos, salir a altamar era casi una sentencia. No por tormentas ni por batallas, sino por una enfermedad silenciosa que aparecía a las pocas semanas de navegación: las encías sangraban, los dientes se aflojaban, las heridas viejas se abrían de nuevo y el cuerpo simplemente dejaba de sanar. Le llamaban escorbuto, y nadie sabía por qué ocurría. Considerar citar la fuente real de esta cifra o suavizar la atribución: "Se calcula que, entre 1500 y 1800, el escorbuto mató a cerca de 2 millones de marineros" (verificar y, de ser posible, atribuir a la fuente histórica correcta, no a Judea Pearl)., más que los naufragios, el combate y las tormentas juntos.
Lo curioso es que la respuesta ya estaba, en cierto sentido, disponible: llevaba siglos escondida en la fruta. Pero nadie tenía forma de probarlo de manera confiable. Faltaba, literalmente, el experimento.
El primer ensayo clínico de la historia
Ese experimento llegó en 1747, a bordo del HMS Salisbury. El cirujano naval escocés James Lind tomó a 12 marineros enfermos de escorbuto y los dividió en 6 parejas, dándole a cada una un tratamiento distinto de los que se creían útiles en su época: sidra, ácido sulfúrico diluido, vinagre, agua de mar, una purga a base de especias, y cítricos (dos naranjas y un limón al día). Todos comían y dormían en las mismas condiciones; solo cambiaba el "tratamiento".
El resultado fue contundente y casi inmediato: la pareja que recibió cítricos mejoró de forma notable, uno de los dos marineros estaba en condiciones de volver al servicio en apenas seis días. Ninguno de los otros grupos mostró mejoría comparable. Fue, en esencia, el primer ensayo clínico comparativo documentado: grupos similares, una sola variable cambiada, un resultado medible.
Y aun así, la burocracia hizo lo suyo. A pesar de la claridad del hallazgo, Sin cambio de fondo necesario, pero se podría añadir una referencia si se dispone de ella, p. ej. "según registros históricos de la Marina Real".. La evidencia estaba, pero convencer a una institución fue otra historia.
El segundo hilo: pollos, arroz y una pista en Java
Mientras el escorbuto se resolvía (lentamente) en el mar, otra enfermedad desconcertaba a los médicos en tierra: el beriberi, que causaba debilidad muscular, daño nervioso y en casos severos, insuficiencia cardiaca. Entre 1889 y 1897, el médico holandés Christiaan Eijkman investigaba un brote de beriberi en prisiones de la isla de Java cuando notó algo casual pero decisivo: unas aves de laboratorio (según algunas fuentes, pollos; según otras, palomas), alimentadas por error con arroz pulido (blanco, sin cascarilla), desarrollaron síntomas parecidos a los de los prisioneros enfermos. Cuando volvieron a comer arroz integral, se recuperaron.
Eijkman no llegó a identificar la sustancia exacta, pero su colaborador Gerrit Grijns fue quien propuso que algún compuesto presente en la cascarilla del arroz —y ausente en el arroz pulido— era el responsable de prevenir la enfermedad. Ese compuesto terminaría llamándose tiamina, hoy conocida como vitamina B1, aunque Mantener si es verificable por el equipo editorial; de lo contrario, indicar la fuente.. El trabajo de Eijkman le valió el Premio Nobel de Medicina en 1929, que compartió con el bioquímico británico Frederick Gowland Hopkins.
Una palabra nueva para un fenómeno que ya se intuía
Para 1912 había suficientes piezas sueltas dando vueltas: cítricos que prevenían el escorbuto, algo en la cascarilla del arroz que prevenía el beriberi, y otras pistas relacionadas con el raquitismo y la pelagra. Faltaba un nombre que uniera todo eso conceptualmente. Ese nombre lo propuso el bioquímico polaco Casimir Funk, que trabajaba en el Lister Institute de Londres: "vitamine", de "vita" (vida) y "amina", porque Funk pensaba que todas estas sustancias compartían un grupo amina en su estructura química.
Se equivocó en ese detalle: no todas resultaron ser aminas. Por eso, durante la década de 1920, la comunidad científica de habla inglesa le quitó la "e" final a la palabra, dejando "vitamin" (y de ahí nuestro "vitamina" en español). El error de nomenclatura no le restó mérito al hallazgo: Funk es reconocido como una figura fundacional en el estudio de las enfermedades por deficiencia, aisló también la niacina (vitamina B3) y en 1936 ayudó a determinar la estructura de la tiamina.
El alfabeto incompleto: por qué no hay vitamina F, G, H ni I
Si alguna vez te preguntaste por qué el alfabeto de las vitaminas salta de la E a la K, no es casualidad ni error tipográfico. A medida que los científicos identificaban nuevos "factores" contra enfermedades de deficiencia, les iban poniendo letras en orden. Pero varias de esas letras, con el tiempo, resultaron no ser vitaminas independientes, sino compuestos ya clasificados en otra categoría, o directamente parte del complejo B. La llamada "vitamina F", por ejemplo, resultó ser un grupo de ácidos grasos esenciales (omega-3 y omega-6), no una vitamina en el sentido estricto. Por eso el alfabeto vitamínico tiene esos huecos: son restos de una clasificación que se fue corrigiendo sobre la marcha, a medida que la bioquímica se volvía más precisa.
De historia a política pública: el caso mexicano
Lo que arrancó como curiosidad de laboratorio terminó convertido en política de salud pública. En México, la NOM-247-SSA1-2008 obliga a la industria harinera de trigo y maíz a fortificar sus productos con vitaminas del complejo B, ácido fólico, hierro y zinc, y actualmente ese mandato se sostiene mediante el Programa de Fortificación de Sal y Harinas que opera COFEPRIS. La lógica es la misma que descubrió Lind con los cítricos, pero aplicada a escala poblacional: si un nutriente falta de forma sistemática en la dieta de la gente, se puede corregir agregándolo a un alimento de consumo masivo.
Y esto no es solo historia. Según datos de la ENSANUT Continua 2022, las deficiencias de vitamina D y vitamina B12 siguen presentes en niñas, niños y mujeres mexicanas, y otro análisis publicado en Acta Pediátrica de México señala que Si se cuenta con la referencia completa, añadir año y autores; si no, mantener la atribución genérica como está, ya que al menos nombra la publicación., incluyendo vitaminas A, B12 y D. La fortificación de harinas ayuda, pero no sustituye una alimentación variada ni, cuando un profesional de salud lo indica, una suplementación específica: son estrategias complementarias entre sí, y ninguna reemplaza una evaluación individual hecha por un profesional de la salud.
Vale la pena recordar también que, en México, los suplementos vitamínicos que se venden en frasco no pasan por el mismo proceso de aprobación que un medicamento; su regulación es distinta. Eso no los vuelve buenos o malos, pero sí explica por qué la etiqueta de un suplemento no es garantía de lo mismo que la etiqueta de un fármaco.
Un descubrimiento reciente, un problema que sigue vigente
Cuesta creer que un concepto tan cotidiano —la vitamina C de la naranja, la vitamina D del sol, la B12 de la carne— tenga apenas poco más de cien años de existir formalmente como idea científica. Antes de Lind, de Eijkman y de Funk, la humanidad convivió durante siglos con enfermedades que hoy sabemos prevenir, sin tener ni el vocabulario para nombrarlas correctamente. La historia de las vitaminas no es solo un capítulo cerrado de laboratorio: es también, todavía hoy, un asunto de salud pública en México y en el mundo.



