El sol no es garantía: ¿por qué hay niños con déficit de vitamina D en México?

Suena contradictorio: México tiene sol la mayor parte del año y aun así hay niños con niveles bajos de vitamina D. La explicación no está en el clima, sino en la rutina. Los niños pasan cada vez más horas en interiores —escuela, pantallas, actividades bajo techo— y cuando sí están afuera, muchas veces llevan protector solar o ropa que cubre la piel, lo cual es correcto para prevenir daño solar pero también reduce la síntesis de vitamina D en la piel.

A esto se suma la dieta. Las fuentes naturales de vitamina D son limitadas: pescados grasos, yema de huevo, algunos lácteos fortificados. Si un niño no consume estos alimentos con regularidad, la exposición solar por sí sola no siempre compensa el faltante. El resultado es un déficit que la literatura pediátrica describe como reemergente y que, según estudios en niños mexicanos, alcanza prevalencias de insuficiencia o deficiencia que en algunos grupos de preescolares superan el 50%.

¿Para qué sirve la vitamina D en la infancia?

¿Para qué sirve la vitamina D en la infancia?

La vitamina D tiene un papel central en la absorción de calcio y fósforo, dos minerales que sostienen literalmente la estructura ósea en formación. Durante la infancia y la adolescencia, cuando el esqueleto crece a mayor velocidad, esta función se vuelve especialmente relevante para el desarrollo óseo adecuado.

Además, el déficit de vitamina D en la infancia se ha relacionado con otros temas de salud: obesidad, síndrome metabólico, diabetes, infecciones de vías respiratorias y alteraciones del sistema inmune. Es importante leer esto con cuidado: relacionado no significa causado por, y la vitamina D no cura ni previene estas condiciones por sí sola. Lo que muestra la evidencia es una asociación que motiva prestarle atención al tema, no una promesa de protección.

El sol no es garantía: ¿por qué hay niños con déficit de vitamina D en México?

¿Qué niños tienen más riesgo de deficiencia?

No todos los niños enfrentan el mismo nivel de riesgo. Los bebés amamantados exclusivamente, por ejemplo, dependen de una fuente que naturalmente aporta poca vitamina D, por lo que las guías internacionales (AAP/NIH ODS) sugieren considerar 400 UI al día en menores de 12 meses que son amamantados o que no alcanzan un litro diario de fórmula fortificada. Para niños y adolescentes de 1 a 18 años, la ingesta recomendada general ronda las 600 UI diarias, aunque esto se individualiza según cada caso.

Un grupo que merece mención aparte es el de niños con sobrepeso u obesidad: la evidencia muestra que suelen tener concentraciones séricas de vitamina D más bajas que sus pares con peso adecuado, lo que puede ameritar una evaluación específica antes de decidir cualquier suplementación.

¿Hay que medir la vitamina D a todos los niños?

Aquí la evidencia pediátrica reciente es clara en un punto que muchos padres no esperan: no se recomienda medir rutinariamente el calcidiol (la forma de vitamina D que se mide en sangre) en niños sanos que no tienen factores de riesgo. La recomendación va más bien hacia individualizar la suplementación en mayores de un año según el contexto de cada niño —su dieta, su exposición solar, si tiene sobrepeso, si hay antecedentes médicos relevantes— en lugar de hacer análisis de rutina a toda la población infantil.

Esto tiene sentido práctico: no todos los niños necesitan lo mismo, y decidir si un niño necesita suplemento, en qué cantidad y por cuánto tiempo es una decisión que le corresponde a su pediatra, no algo que se resuelve por cuenta propia comprando un frasco en la farmacia.

Qué hacer con esta información

Si te preocupa la vitamina D de tu hijo o hija, lo más útil es platicarlo con su pediatra, especialmente si hay factores como poca exposición solar, dieta restringida, sobrepeso o antecedentes de fracturas. Las cifras de ingesta recomendada (400 UI en bebés, 600 UI de 1 a 18 años) sirven como referencia general, no como una dosis para administrar sin supervisión. Un exceso de vitamina D tampoco es inocuo, así que la suplementación en niños siempre debe pasar por una indicación profesional, nunca por decisión propia de los padres.