La misma letra, dos compuestos

La K1 o filoquinona viene de las hojas verdes: espinaca, acelga, brócoli, quelites. Es la que aporta la dieta en su mayor parte y la que se ocupa sobre todo de la coagulación en el hígado.

La K2 o menaquinona viene de alimentos fermentados y de origen animal —natto, quesos curados, hígado, yema— y también la producen las bacterias del intestino. Llega mejor a los tejidos fuera del hígado: hueso y pared arterial.

Por qué la distinción importa

Porque las tablas de composición suelen dar «vitamina K» y se refieren a K1. Un suplemento de K2 y un plato de espinacas no son intercambiables aunque la etiqueta use la misma letra.

Es la misma trampa que ya apareció en nuestro catálogo: la base de datos de USDA da K1, y por eso las fichas de K2 no traen tabla de alimentos. Poner una habría sido dar una lista falsa con aspecto verdadero.

Qué se ha medido de la K2

La hipótesis es elegante: activa proteínas que fijan calcio en el hueso y que impiden que se deposite en la arteria. De ahí la idea de que dirige el calcio al sitio correcto.

La evidencia en personas es más modesta. Hay estudios sobre densidad ósea y sobre calcificación arterial, algunos favorables, con resultados que no siempre se reproducen y desenlaces intermedios más que clínicos.

Con anticoagulantes, cuidado de verdad

La vitamina K es el antagonista directo de la warfarina. Quien la toma no necesita evitar las verduras verdes: necesita mantener una ingesta estable, porque lo que descontrola el tratamiento son los cambios bruscos, no la cantidad.

Y un suplemento de K2 iniciado por cuenta propia sí puede alterar el control. Es de las interacciones más concretas de todo el catálogo.

Lo que queda para la vida diaria

La deficiencia de vitamina K es rara en adultos con una dieta normal. Para el hueso, lo que tiene evidencia sigue siendo calcio, vitamina D y ejercicio con carga; la K2 es una hipótesis interesante, no un sustituto.